Basura electrónica y reciclaje

La basura electrónica o la e-basura es el tipo de deshechos que más rápido crece en la actualidad. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que cada año se generan unas 50 millones de toneladas de residuos electrónicos en el mundo, una cantidad suficiente para llenar un millón de camiones que puestos en fila darían la vuelta a la Tierra.

Se calcula que, por ejemplo, 100.000 teléfonos móviles pueden contener unos 2,4 kilos de oro, equivalentes a 130.000 dólares, más de 900 kilos de cobre, valorados en 100.000 dólares, y 25 kilos de plata igual a 27.300 dólares (EFE, 2010).

En un número especial sobre los impactos ambientales de los teléfonos móviles de la revista Opcions, se ponía de manifiesto la ingente cantidad de residuos que producen estos dispositivos:

En 2012, se generó en Europa 8,7 millones de toneladas, es decir, unos 15 kilos de basura electrónica anuales por persona. En Europa sólo fue recolectada y tratada adecuadamente el 25 % de esa basura, a pesar de que desde 2005 la legislación europea estableció medidas para mejorar la situación. Sólo en Europa se tiran cada año más de 100 millones de móviles (más de 270.000 móviles al día) después de haberlos usado generalmente menos de dos años. En España se tiraron en 2007, 42.000 toneladas de residuos informáticos y se reutilizó sólo el 8%” (Revista Opcions, 2008).

Los equipos electrónicos tienen materiales contaminantes y peligrosos para salud. Según publicaba Greenpeace (2012), en los plásticos se encuentran el PVC (policloruro de vinilo) cuya incineración genera dioxinas que se asocia con el cáncer y efectos sobre el sistema reproductor, los BFR (retardantes de llama bromados) que son neurotóxicos, los ftalatos, que afectan al riñón y podrían ser cancerígenos. Otros componentes, que al no tratarse adecuadamente en la fase de residuos contamina el ambiente (sobre todo, el agua y el aire) y por tanto, afecta a la salud humana, son los PCB (policlorobifenilos), el plomo, el cromo, el antimonio, el bario y un largo etcétera.

La mayoría de los residuos electrónicos que se producen en los países consumidores de tecnología (como EEUU, Europa, Japón y Corea), acaban en países en vías de desarrollo de África y Asia, según publica la Revista Opcions (2009:32). En algunas ocasiones, se exportan de forma ilegal, incumpliendo el Convenio de Basilea, y en otras, se exporta de acuerdo a la legislación legitimada por Tratados Internacionales.

El Convenio de Basilea (Wikipedia, 2014), auspiciado por Naciones Unidas, entró en vigor en 1992, y aunque su aprobación se demoró 10 años, es el mecanismo que controla los movimientos transfronterizos de residuos peligrosos. Sin embargo, no es suficiente para controlar todas las exportaciones ilegales. La Red europea para la Implementación y Cumplimiento de la Ley Ambiental, mostraba los siguientes datos en este sentido:

De hecho, la exportación ilegal de residuos peligrosos es una práctica habitual. En 2006 se hizo una inspección de 1.103 barcos que contenían residuos (en general) para exportar y se vio que el 51% eran ilegales; por ejemplo, no estaban declarados como peligrosos cuando sí lo eran” (Opcions, 2009:35).

Según la Directiva 2012/19/UE, del Parlamento Europeo y del Consejo, de 4 de julio, sobre residuos de aparatos eléctricos y electrónicos, los fabricantes de estos aparatos deben reciclar los residuos que genera su actividad, hasta alcanzar una cuota de 4 kilogramos por habitante y año. Sin embargo, en España la mayoría de los aparatos fuera de uso son gestionados mediante sistemas no autorizados. En el caso de los grandes electrodomésticos, por ejemplo, se estima que más del 70% de congeladores y frigoríficos (Queiruga et al, 2011), y el mismo porcentaje de televisores y de monitores, se recogieron y se trataron de forma incontrolada.

Sin embargo, no ocurre lo mismo en lo que se refiere por ejemplo al reciclaje de teléfonos móviles, como publican en la Revista Ballena Blanca con esta ilustración:

grafico ballena blanca

En esta revista, hicieron la prueba y visitaron varios centros comerciales del país intentando dejar un móvil viejo para que fuera reciclado: “Aunque la ley obliga a las grandes superficies a recoger pequeños aparatos sin obligación de comprar nada a cambio, en muchas nos recibieron con asombro. En Valencia, mientras el vendedor consultaba su propio smartphone, contestaron: «No nos ocupamos de los pequeños electrodomésticos. Si se tratara de una nevera o una lavadora, sí que nos lo podrías entregar sin problemas»” (Lázaro, 2015)

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