Consumismo de las TIC

Hay muchas voces críticas que argumentan que el actual modelo de consumo de los países enriquecidos se sostiene a base de crear desigualdades y destruir: “En la llamada nueva sociedad de consumo se ha multiplicado la cantidad y la complejidad de estilos de vida, y el horizonte de aspiraciones o deseos de la población” (Alonso, 2005).

Un consumo que además es piedra angular en el sistema económico capitalista, ya que es una de los formas para acumular capital y así seguir sosteniendo este modelo. En estas sociedades se ha producido una mercantilización de prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida. Cualquier cosa es susceptible de producirse, venderse y comprarse. El paso del uso retórico de la noción de sostenibilidad a su puesta en práctica está, por tanto, supeditada a reencauzar el modelo económico dentro de los límites físicos impuestos por la ecosfera (Gomes-Baggethum y Rico, 2009).

¿Por qué disminuir nuestra calidad de vida actual ante un eventual e hipotético riesgo para la calidad de vida de los próximos habitantes del planeta? Según Jiménez y Domingo (1997), la situación cambia de forma espectacular cuando empezamos a ser conscientes de que las agresiones a nuestro entorno son de tal magnitud que pueden poner en peligro nuestra propia calidad de vida presente.

Esta reflexión une dos políticas: la medioambiental y la de los consumidores, pues responde a motivaciones comunes. Por un lado, el consumo trata de equilibrar la posición inferior de la demanda frente a la oferta que impone el mercado con su funcionamiento, mientras que desde la perspectiva medioambiental, se trata de proteger un bien público como es la naturaleza. El mercado por sí solo, no va a corregir estas distorsiones, y desde ambas posiciones políticas se intenta intervenir en el proceso de formación de precios para que estos reflejen el coste real del bien público y para que así la demanda sea más sensible a los productos que se consumen y así acabe condicionando la oferta y los recursos que utiliza el mercado para producirlos.

Se han desarrollado muchos mecanismos en el ámbito de interacción entre consumo y medioambiente, como el etiquetado ecológico. La concesión de esta etiqueta ecológica está regulada por el Reglamento núm 880/92, del Consejo Europeo de 23 de marzo de 1992. Según analiza, Domingo Gómez (1997) este reglamento surge por la voluntad de la Unión Europea de desarrollar una política de productos limpios, por el creciente interés de la opinión pública en poseer información sobre el impacto ambiental de productos y por las distintas normativas nacionales surgidas en algunos países miembros. En este reglamento se hace hincapié en el impacto ambiental de los productos mientras que en el de ecogestión y ecoauditoría se pone un mayor énfasis en las repercusiones ambientales de los procesos productivos.

Los objetivos, según este autor, son: promover el diseño, la producción, la comercialización y la utilización de productos que tengan repercusiones reducidas sobre el medioambiente a lo largo de todo su ciclo de vida; y proporcionar a los consumidores mejor información sobre las repercusiones ecológicas de un producto.

Publicidad VS La información al consumidor

En este contexto, la publicidad cobra importancia ya que el discurso publicitario informa sobre los aspectos de un producto según los intereses del productor y no según los intereses de la consumidora (Jiménez, 2012). La información que pivota alrededor de un producto tecnológico tiene que ver con los deseos y las modas, pero en ningún caso con la huella ecológica de su fabricación, uso y desechado.

El consumidor de hoy en día está más desinformado que nunca (Jiménez, 2015): el exceso de información, la saturación publicitaria, el abuso en los mensajes que carecen en la mayoría de los casos de veracidad, produce desconcierto e impide que ejecute una decisión de compra responsable.

A este factor se le suma que las empresas están cada vez más preocupadas por su reputación y dedican una gran inversión a la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). De esta manera salen a la luz diversas iniciativas que aparentan ser acciones que las empresas ponen en marcha para contribuir a un mundo más justo y sostenible, pero son tan solo un lavado de imagen (Jiménez y González, 2009).

El terreno de la RSC se expande cada vez más, y ha acabado llegando a las escuelas:

Desde 1990, las actividades comerciales en los centros educativos se han incrementado de manera sustancial (…). Las escuelas eran desde hacía tiempo un blanco especialmente apetecible para los anunciantes. Habían permanecido relativamente aisladas de la publicidad, reductos excepcionales en un mar de mensajes comerciales. Los maestros y el resto de personal docente gozan de gran crédito y autoridad, y los productos que se venden con su aprobación pueden beneficiarse de su sello de prestigio. Y, lo más importante de todo, los alumnos son lo más parecido a un público cautivo que los anunciantes van a encontrar jamás” (Schor, 2006:116).

Los materiales didácticos patrocinados por diversos anunciantes tienen un claro objetivo: lanzar mensajes publicitarios a un nivel sin precedentes con los que promocionar sus productos de manera encubierta y más eficaz (Schor, 2006:126). Se encuentran numerosos ejemplos, sobre todo en escuelas estadounidenses, en que grandes corporaciones como McDonalds o Coca-cola.

Y lo mismo ocurre en la actualidad, cuando muchos centros escolares se encuentran en plena implementación de las TIC en la educación, sin embargo, las escuelas pública a penas mantiene su actividad básica con los escasos presupuestos (Schor, 2006: 122). Juliet B. Schor pone un ejemplo de modelo comercial en las escuelas: Zapme! Fue un servicio que ofrecía ordenadores gratuitos a las escuelas a cambio de exponer diariamente a los alumnos anuncios on-line durante un tiempo determinado, incluso cómo de recoger información a través del uso que los niños hicieran de los equipos informáticos. Este fue un modelo que no llegó a imponerse por la oposición que se creó desde diversos grupos de padres y activistas, pero siguen existiendo empresas que se dedican a indagar en el uso de Internet que hacen los alumnos y alumnas.

A pesar de estos mecanismos perversos de la publicidad y los anunciantes, Domingo Jiménez y José Domingo (1997) defienden que la opinión pública es cada vez más sensible con la necesidad de conservar el medioambiente, en la medida en que afecta a la calidad de vida presente y futura. De manera que, si un consumidor dispone de una información transparente y veraz sobre un producto, tiene elementos de comparación que le permiten elegir aquello que menos impacta en su entorno: “Sería las elecciones informadas de las consumidoras las que determinarían el mercado y no al revés”.

Para estos autores, la acción más inmediata debería ser aplicar mecanismos para que el consumidor pueda discriminar qué elementos son veraces y cuáles falsos. Por ejemplo, con el etiquetado ecológico, pero también aspirar a eliminar la publicidad engañosa. Para ellos, la clave está en cambiar los hábitos de consumo para producir un cambio en las actitudes de la empresa. Y para eso, la sociedad también debe recibir información acerca de la actividad de las empresas y su responsabilidad ambiental.

A través de la información se podría conseguir modificar hábitos de consumo fomentando las conductas correctas, en cuanto a que producen ahorro de energía y materiales y reducción de agentes contaminantes y de residuos. Al igual que, investigar en las relaciones que se generan entre el medioambiente y la tecnología y tener más información acerca de las causas y consecuencias, “permitiría a los actores que toman decisiones en este terreno a optimizar el futuro desarrollo con el equilibrio entre el crecimiento económico y la calidad ambiental” (Plepys, 2002).

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